Cuando estoy inmersa en una tarea creativa a veces surge una pequeña idea sin importancia, pero que es permanente. Si esto sucede y se alarga en el tiempo lo que hago es imaginar mi mente como una gran sala oscura en la que la idea está en el centro y es poco visible.
¡PUM! Se encienden las luces y esa pequeña idea se convierte en una punta de iceberg. La sala es ahora un gran mar sobre el que puedo caminar. Doy vueltas alrededor del diminuto hielo, lo miro en sus 360º y me alejo pisando el azul marino turbio, que no me deja ver lo que hay debajo.
Normalmente, no queda más remedio que coger el sacapuntas y atacar directamente el iceberg. La verdad es que no importa cuál sea la idea inicial, solo hace falta empezar y desechar los primeros residuos. La misma capa de hielo poco convincente que va cayendo sobre el agua la hace volver más clara y deja asomar los primeros argumentos –los que luego sustentarán el trabajo final.
La cantidad de información es cada vez mayor, no dejo de avistar nuevos datos que voy recopilando hasta que empieza a salir el Sol en el horizonte. La marea va bajando y lo único que puedo hacer es atar una cuerda alrededor del iceberg que ahora se ha convertido en un enorme armatoste de hielo.
Hay que estirar con fuerza y arrastrarlo hasta la costa antes de que vuelva a oscurecer y las aguas saladas lo cubran de nuevo dejándome a la deriva. Una vez tengo mi iceberg en la playa utilizo mis herramientas de pulir, serrar, cortar y hasta quemar hasta que, al fin, obtengo una escultura impoluta.
Entonces el Sol se va, la marea sube, las luces se apagan y yo puedo dormir en paz.
Se que para la mayoria no es tan fácil como lo pinto, pero no dejarse de preguntar nunca: ¿que habrá dentro de un iceberg?, ayuda.

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