domingo, 12 de octubre de 2014

El dilema del publicista artista

Están en una sala un filósofo, un artista y un publicista. Entonces el filósofo pregunta:

"¿Vivir para crear o crear para vivir?"

El artista y el publicista parecen personajes casi antagónicos si los ponemos en una misma historia. Pero ¿qué podría hacer un artista si supiese como darle valor a su obra? ¿Qué pasaría si a los estudiantes de bellas artes se les enseñase a venderse? Aquello que crean tiene valor, solo deben aprender a explicarlo y a posicionarlo para el público correspondiente.

¿Y si a un publicista le hacemos comprender el valor de la belleza, qué sucede? La publicidad, un mundo tan veloz, con tanto estrés, en donde solo importan los resultados. A lo mejor, si comprendiesen el valor de lo que se puede llegar a hacer con un anuncio, si entendiesen que esa pieza podría convertirse en arte, más allá del que puede ofrecer un creativo, entonces el mundo de la publicidad dejaría de mirarse al ombligo y se daría cuenta que lo que importa son las personas, no solo porque compran, si no porque las personas somos los únicos seres capaces de comprender la belleza.

Admitámoslo, la publicidad es el arte de nuestra era, solo que el mismo marketing lo banaliza. Es arte, en el mismo sentido que eran publicidad política las esculturas en muchas civilizaciones durante la era antigua o propaganda religiosa las pinturas del medievo. Al fin y al cabo, si un día nuestra civilización queda enterrada bajo montones de tierra, lo que encontrarán mejor conservado los arqueólogos del futuro serán latas de Coca-Cola y todos esos envases tan difíciles de reciclar.

esCasanovas

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