Están en una sala un
filósofo, un artista y un publicista. Entonces el filósofo pregunta:
"¿Vivir para
crear o crear para vivir?"
El artista y el publicista parecen personajes casi
antagónicos si los ponemos en una misma historia. Pero ¿qué podría hacer un
artista si supiese como darle valor a su obra? ¿Qué pasaría si a los
estudiantes de bellas artes se les enseñase a venderse? Aquello que crean tiene
valor, solo deben aprender a explicarlo y a posicionarlo para el público
correspondiente.
¿Y si a un publicista le hacemos comprender el valor de la
belleza, qué sucede? La publicidad, un mundo tan veloz, con tanto
estrés, en donde solo importan los resultados. A lo mejor, si comprendiesen el
valor de lo que se puede llegar a hacer con un anuncio, si entendiesen que esa
pieza podría convertirse en arte, más allá del que puede ofrecer un creativo,
entonces el mundo de la publicidad dejaría de mirarse al ombligo y se daría
cuenta que lo que importa son las personas, no solo porque compran, si no
porque las personas somos los únicos seres capaces de comprender la belleza.
Admitámoslo, la publicidad es el arte de nuestra era, solo
que el mismo marketing lo banaliza. Es arte, en el mismo sentido que eran
publicidad política las esculturas en muchas civilizaciones durante la era antigua
o propaganda religiosa las pinturas del medievo. Al fin y al cabo, si un día
nuestra civilización queda enterrada bajo montones de tierra, lo que
encontrarán mejor conservado los arqueólogos del futuro serán latas de Coca-Cola
y todos esos envases tan difíciles de reciclar.
esCasanovas
No hay comentarios:
Publicar un comentario